
Empeñarnos en hacer que
las cosas sucedan, esforzarnos en demostrar lo grandiosas que podemos ser como
compañeras no siempre nos garantiza que el individuo en cuestión nos acepte, valore
y nos ame como merecemos. En ocasiones, lo que recibimos es esa condescendencia
o amabilidad forzada que a veces enferma. Nos aturden con la trillada frase “eres
la mujer que cualquier hombre quisiera tener”, sin darse cuenta que no queremos
que sea cualquiera que nos tenga.
Pero llega el momento
de reaccionar, de sacudirse, de secarse las lágrimas y seguir, porque al final
del camino reconocemos que no hay nada que destruya nuestra fuerza interior,
que ser mujer es el mayor regalo que nos brindó el creador y sobre todo que no
hay mayor forma de fortalecernos día a día que superando los embates que nos da
la vida.